Entre los opositores de la fe reformada están aquellos que utilizan el argumento del origen para criticar negativamente nuestras creencias. El alegato resumido es este: “Solo son verdaderos cristianos los que fundan su fe en la Biblia. Por tanto, todos los que reconocen la doctrina de alguna persona que no sea autoridad dentro del texto bíblico no son discípulos del Señor”. En esta lógica, se discute la idea de que los calvinistas “provienen” o “tienen su origen” en Calvino y se remotan al siglo XVI. Pasaron unos 1500 años después de Cristo para que la fe reformada llegara al mundo -dicen- lo cual debe ser suficiente para rechazarla por espuria.
He escuchado principalmente a algunos pentecostales y católico romanos decir esto. Los primeros aseguran que provienen del día de Pentecostés (Hch. 2) y los segundos desde que se constituyó el “colegio apostólico” por Cristo y se le dió autoridad a Pedro para gobernar la Iglesia (Mt. 16:13-20). Los presbiterianos, en cambio, provienen del siglo XVI y tienen su comienzo en la mente de Juan Calvino, el reformador francés. El argumento del origen, así entendido, coloca nuestra fe sobre la base de un hombre mientras que la fe de pentecostales y romanistas se funda en la Palabra de Dios. Cuando esto es dicho así de lacónico las cabezas asienten y a los que se les permite declaran fuerte: ¡Amén!
Pero pensemos un instante en el argumento del origen auxiliándonos de un ejemplo sencillo: yo soy mexicano por nacimiento y celebro las fiestas relacionadas con mi país: la Independencia, la Revolución Mexicana, la Expropiación petrolera, etcétera. Yo no estuve en la guerra de independencia, ni tampoco en la revolución mexicana, no conocí a Pancho Villa ni a Zapata, ni a ninguno de los protagonistas; ni siquiera había nacido cuando se expropió el petroleo mexicano. No obstante, mi mexicanidad no solo se limita a mi lugar de nacimiento sino a la identidad cultural, política y social que he adquirido con el paso del tiempo.
Esta identificación que me hace mexicano puede verse reforzada por estudios posteriores. La historia de México es vasta y está llena de matices, por lo que conviene que yo me detenga a investigar con detalle los acontecimientos. Si el historiador X, por ejemplo, dice que España explotó a los indígenas durante la colonia española, y en un análisis de los hechos resulta que fue así, ese historiador X es fidedigno. Si dice que en la Independencia Hidalgo fue uno de los líderes más importantes y los hechos así lo demuestran, el historiador X tiene otro hito a su favor. Si dice que durante la Revolución Mexicana Pancho Villa fue determinante en la derrota de Huerta y así se corrobora en los hechos, el historiador X sigue siendo confiable. En suma, si digo que soy mexicano y que sigo al historiador X en su explicación de la historia del país nadie dudaría de mi identidad nacional. Ninguno concluiría que soy mexicano desde que el historiador X sacó su “Historia de México” en el año 2013. Los hechos con los que me identifico alimentan mi pertenencia al país -además de mi nacionalidad-, y el historiador X me ayuda a comprender mejor esa identidad que me constituye como ciudadano del Estado. Así de simple.
Empero, cuando nos referimos a la fe cristiana parece que para muchos las cosas cambian. Si yo que soy cristiano y tengo a la Biblia por única fuente de autoridad digo que leo también la Confesión de fe Westminster de 1646, algunos hermanos me acusarían de no ser fiel a las Escrituras. Dirían que mi cristianismo nació en 1646. Si leo la Institución de Calvino dirían que mi fe se remonta a 1536. Me tildarían de impostor por escuchar otras voces que no resultan directamente de la Biblia. Pero al igual que en el caso del historiador X y mi identidad nacional, las confesiones y los reformadores son simplemente aquellos hombres que con sus explicaciones de la Biblia me ayudan a comprender mejor lo que está escrito. Aún el más carismático de los ministros pentecostales tiene varios libros de consulta además de su Biblia, y no por ello piensan que desafían la instrucción que da el Espíritu para comprender las Escrituras. Es Dios quien abre el corazón, es el Espíritu quien nos guía a la verdad y nos regenera. Pero también es verdad que hubiera sido ocioso constituir “pastores y maestros, a fin de capacitar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo” (Ef. 4:11-12) si es que el Espíritu Santo habría de enseñarnos sin que mediaran hombres escogidos para la tarea.
Una cosa distinta es que no estemos de acuerdo con Calvino y con la Confesión de fe de Westminster. Si tú crees que Calvino es un hereje también lo serán aquellos que siguen sus enseñanzas. Las razones que tengas para afirmar lo anterior han de tener seguramente una fundamentación presuntamente bíblica, pero no toda fundamentación es necesariamente válida. La consistencia de tu sistema de creencias acerca de lo que dice la Biblia será determinante en tu decisión de repudiar a este o el otro autor extra-bíblico. Yo, por ejemplo, no estoy de acuerdo con muchas cosas que enseña el pastor pentecostal Jorge Raschke pero en ningún momento considero que aquellos que lo celebran son cristianos a partir de que Raschke tomó el púlpito y comenzó a predicar. Son cristianos por la gracia de Dios que siguen la exposición bíblica de Raschke del mismo modo que Raschke sigue a otros antes que él, y así mismo como ocurre con aquellos que leemos a Calvino, mientras que Calvino leyó a Agustín, y Agustín a Pablo, y Pablo fue instruido por Cristo. Todos, al final, apelaremos como principio esencial y exclusivo el texto bíblico.
Por tanto, todos los cristianos provenimos del Espíritu de Dios. Hasta hoy no he conocido a ningún hermano en la fe que diga lo contrario. No conozco a ningún calvinista que diga que Calvino lo dio a luz en el nuevo nacimiento. El reformador francés no tiene poder para convertir los corazones y hacer discípulos. Tampoco Yiye Ávila, Raschke o el papa de Roma. Tus libros y mis libros de teología no sirven para regenerar a nadie. Solo la exposición de la Biblia. Pero si a Dios le ha placido utilizar a hombres pecadores para alcanzar a muchos mediante la exposición de su Palabra esa es una realidad por la cual debemos estar agradecidos (cfr. Hch. 8:26-40). Sé que como creaturas pecadoras estamos expuestos a la idolatría constantemente, y que podemos llegar a construir cultos en torno a hombres de Dios que él usó para su gloria. Pero eso también es algo aparte. Si vas por el mundo encontrando yiyelatría, calvinolatría, wesleyanolatría, etcétera, no confundas lo que Dios ha hecho con su poder de lo que los cristianos han logrado con su pecado.
Por tanto, la próxima vez que escuches, amable lector, el argumento del origen hay que mantener la calma y seguir adelante. La única cosa que debe preocuparnos es que aquellos que leemos o seguimos como maestros hayan preservado la pureza de lo que enseñaron los apóstoles.