"Apártate de mi, Señor, que soy hombre pecador" (Lucas 5:8)

Charles Hodge escribió que aparte de Dios “ningún otro Es absolutamente puro, y libre de toda limitación en su perfección moral”. Indica que la santidad “implica entera libertad de maldad moral” y añade: “la pureza infinita, más que el conocimiento o poder infinitos, es objeto de reverencia” (Systematic Theology, Vol. 1, Systematic Theology Part I, Chapter V, 11, primer párrafo, Edición Kindle. Traducción personal). En la Biblia el máximo énfasis que se encuentra en relación a Dios es precisamente su santidad, y no su amor o su misericordia, o su omnipotencia. A Dios se le reverencia fundamentalmente en su santidad, como se lee: “No hay santo como Jehová” (1 Samuel 2:2) y “Santo y terrible es su nombre” (Salmo 111:9). El apóstol Juan describió cómo cantaban “los que habían alcanzado la victoria sobre la bestia y su imagen…¿Quién no te temerá, oh Señor, y glorificará tu nombre? pues sólo tú eres santo” (Apocalipsis 15:2.4).

Este conocimiento magnificente, sin embargo, está velado para todos aquellos que aún no han sido regerenerados por la gracia soberana de Dios. Pablo afirma que conocemos a Dios, pero que no todos lo conocemos de la misma manera. Romanos 1:18-21 indica que todos los hombres conocen a Dios: “su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas, de modo que no tienen excusa”; y en 1 Corintios 2:14 se lee que “el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y nos las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente”. El verbo conocer (γνόντες en Romanos y ἔγνωκεν en 1 Corintios 2:8) en el primer caso refiere un conocimiento intelectual mientras que el segundo caso indica un conocimiento espiritual e íntimo. Todos los seres humanos conocen a Dios en un sentido puramente racional, esto es, saben que existe aún cuando convierten dicha noción en un motor de sus desprecios hacia Él, mientras que sólo los hijos de Dios lo conocen en un sentido salvífico y espiritual.

Entoces, la santidad de Dios resulta ser un conocimiento difícil de aceptar para los incrédulos. Pueden afirmar que “Dios existe”, que “hay un Dios”, que “esta vida no es todo lo que hay”, que “Dios nos ayuda”, que “es amor” y que “todo lo puede”, sin reparar en lo más mínimo en su santidad. La santidad de Dios es, de hecho, algo repulsivo para el hombre natural. Ninguna persona impía soporta mucho tiempo la presencia de un cristiano santo; la santidad de Dios en este mundo genera odios y desata persecuciones. El no cristiano puede recibir cómodamente instrucción sobre el amor de Dios, sobre su control sobre todas las cosas y su poder para sanar a los enfermos, pero ninguno disfruta de escuchar acerca del tres veces santo Dios y su inconmensurable pureza y perfección. Entre más conocimiento se tiene acerca de la santidad de Dios más sucio y miserable se observa el hombre, y por ello, se aleja y nada quiere saber de ella.

Pedro acababa de terminar una jornada ardua de trabajo en el lago de Genesaret (Mar de Galilea) que no había rendido ningún fruto. Hasta entonces, Pedro -en este relato llamado Simón- aún no había sido llamado por Cristo al ministerio. Mientras lavaban las redes para el próximo viaje Jesús entró en la barca de Pedro y “le rogó que la apartase de tierra un poco; y sentándose, enseñaba desde la barca a la multitud” (Lucas 5:3). Una vez que terminó de hablar pidió a Pedro que echaran las redes  para pescar. En un gesto de ironía y resignación Pedro le dijo al Maestro: “toda la noche hemos estado trabajando, y nada hemos pescado; más en tu palabra echaré la red” (v. 5). Cuando Pedro dice a Jesús “en tu nombre echaré la red” no estaba declarando su confianza en la palabra de Cristo, ni reverencia, ni devoción ni nada parecido; como comenta John MacArthur: “sin duda alguna, Pedro pensó que la orden de Jesús no tenía sentido”. R. C. Sproul dice al respecto: “Si Simón hubiese tenido un respeto verdadero por la sabiduría de Jesús en esta ocasión, él se habría limitado a decir “echaré la red”. Pero le pareció necesario dejar constancia de su frustración”.

Cuando Pedro atiende a las palabras de Cristo no hay en su corazón un conocimiento espiritual e íntimo acerca de Cristo. Mientras había proseguido en la limpieza de sus redes había estado escuchando algo de lo que Jesús decía pero sin que dichas palabras lo guiarán a dejar las redes en ese momento; tendría que esperar el milagro de Cristo para hacerlo. Así, una vez que echaron las redes y los pescados comenzaron a llenar las barcas “de tal manera que se hundían” (Lucas 5:7), Pedro “cayó de rodillas ante Jesús, diciendo: Apártate de mí, Señor, porque soy hombre pecador. Porque por la pesca que habían hecho, el temor se había apoderado de él, y de todos los que estaban con él” (vv. 8-9). La palabra traducida aquí como temor (θάμβος) significa literalmente maravillados, estupefactos o asombrados. Pero al asombro se le añadió el temor reverente ante el poder y santidad de Cristo. Pedro quedó perturbado por el temor ante el Cristo que acababa de conocer personalmente, y de rodillas rogó a Jesús que se apartara de él porque era un pecador. No soportó el hecho de que Jesús confirmara todo lo que decía ser delante de su propios ojos pues él se sabía pecaminoso y sucio a la luz de la santidad abrumadora de Jesucristo. Sólo hasta entonces Pedro estuvo listo para ser llamado por el Maestro. Jesús le dijo “No temas; desde ahora serás pescador de hombres. Y cuando trajeron a tierra las barcas, dejándolo todo, le siguieron”(vv. 10-11).

El evangelismo de hoy clama que debemos tener una relación personal con Jesús, y muchos van pregonando que la tienen sin tener una idea clara de la santidad de Dios. El entusiasmo contemporáneo no logra poner a muchos de rodillas y menos hacerlos clamar inicialmente “Apártate de mi que soy pecador”. En otros casos, algunos comenzamos la vida cristiana de rodillas y a la fecha llevamos la frente erguida delante de los que no conocen al Señor, o de aquellos que no piensan como nosotros. Pedro inició su preparación de rodillas, delante de la santidad de Cristo y perturbado por su pecado, y acabó su ministerio en esta tierra martirizado por la causa de Cristo. Entregó sus fuerzas a la expansión del Evangelio para la sola gloria de Dios lidiando tenazmente con las pasiones y deseos carnales que batallaban contra su alma (Cfr. 1 Pedro 2:11).

La santidad de Dios, naturalmente, siempre incomodará a todos aquellos que no participen del pacto de la Gracia, pero lo que es realmente infortunado es que aún entre las filas de las iglesias existirán personas que se sentirán molestas con la presencia de otros hermanos y hermanas que aman la Palabra de Dios, la oración y la piedad. Debemos orar para que eso esté lejos de nuestras congregaciones y de nuestras vidas cristianas, y añorar cada vez más la comunión con Dios Padre que nos ha hecho santos y “elegidos según (Su) presciencia …en santificación del Espíritu, para obedecer y ser rociados con la sangre de Jesucristo” (1 Pedro 1:2).

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